Angelus del 7 de febrero de 2021

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

¡Otra vez en la plaza! El Evangelio de hoy (cfr Mc 1,29-39) presenta la sanación, por parte de Jesús, de la suegra de Pedro y después de tantos otros enfermos y sufrientes que se agolpaban junto a Él. La de la suegra de Pedro es la primera sanación física contada por Marcos: la mujer se encontraba en la cama con fiebre; la actitud y el gesto de Jesús con ella son emblemáticos: «Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó» (v. 31), señala el Evangelista. Hay mucha dulzura en este sencillo acto, que parece casi natural: «La fiebre la dejó y ella se puso a servirles» (ibid.). El poder sanador de Jesús no encuentra ninguna resistencia; y la persona sanada retoma su vida normal, pensando enseguida en los otros y no en sí misma – y esto es significativo, ¡es signo de verdadera salud!

Ese día era un sábado. La gente del pueblo esperaba el anochecer y después, terminada la obligación del descanso, sale y lleva donde Jesús a todos los enfermos y los endemoniados. Y Él les sana, pero prohíbe a los demonios revelar que Él es el Cristo (cfr vv. 32-34). Desde el principio, por tanto, Jesús muestra su predilección por las personas que sufren en el cuerpo y en el espíritu: es una predilección de Jesús acercarse a las personas que sufren tanto en el cuerpo como en el espíritu. Es la predilección del Padre, que Él encarna y manifiesta con obras y palabras. Sus discípulos han sido testigos oculares, han visto esto y después lo han testimoniado. Pero Jesús no les ha querido solo espectadores de su misión: les ha involucrado, les ha enviado, les ha dado también a ellos el poder de sanar a los enfermos y de expulsar a los demonios (cfr Mt 10,1; Mc 6,7). Y esto ha proseguido sin interrupción en la vida de la Iglesia, hasta hoy. Y esto es importante. Cuidar de los enfermos de todo tipo no es para la Iglesia una “actividad opcional”, ¡no! No es algo accesorio, no. Cuidar de los enfermos de todo tipo forma parte integrante de la misión de la Iglesia, como lo era la de Jesús. Y esta misión es llevar la ternura de Dios a la humanidad sufriente. Nos lo recordará dentro de pocos días, el 11 de febrero, la Jornada Mundial del Enfermo.

La realidad que estamos viviendo en todo el mundo a causa de la pandemia hace particularmente actual este mensaje, esta misión esencial de la Iglesia. La voz de Jacob, que resuena en la Liturgia de hoy, una vez más se hace intérprete de nuestra condición humana, tan alta en la dignidad – nuestra condición humana, altísima en la dignidad – y al mismo tiempo tan frágil. Frente a esta realidad, siempre surge en el corazón la pregunta: “¿por qué?”.

Y Jesús, Verbo Encarnado, responde a este interrogante no con una explicación – a este por qué somos tan altos en la dignidad y tan frágiles en la condición, Jesús no responde a este por qué con una explicación – sino con una presencia de amor que se inclina, que toma de la mano y hace levantarse, como hizo con la suegra de Pedro (cfr Mc 1,31). Inclinarse para hacer que el otro se levante. No olvidemos que la única forma lícita de mirar a una persona de arriba hacia abajo es cuando tú tiendes la mano para ayudarla a levantarse. La única. Y esta es la misión que Jesús ha encomendado a la Iglesia. El Hijo de Dios manifiesta su Señorío no “de arriba hacia abajo”, no a distancia, sino inclinándose, tendiendo la mano; manifiesta su Señorío en la cercanía, en la ternura y en la compasión. Cercanía, ternura, compasión son el estilo de Dios. Dios se hace cercano y se hace cercano con ternura y con compasión. Cuántas veces en el Evangelio leemos, delante de un problema de salud o cualquier problema: “tuvo compasión”. La compasión de Jesús, la cercanía de Dios en Jesús es el estilo de Dios. El Evangelio de hoy nos recuerda también que esta compasión tiene sus raíces en la íntima relación con el Padre. ¿Por qué? Antes del alba y después del anochecer, Jesús se apartaba y permanecía solo para rezar (v. 35). De allí sacaba la fuerza para cumplir su ministerio, predicando y sanando.

Que la Virgen Santa nos ayude a dejarnos sanar por Jesús – siempre lo necesitamos, todos – para poder ser a su vez testigos de la ternura sanadora de Dios.

Oración del Ángelus:

Angelus Dómini nuntiávit Mariæ.

Et concépit de Spíritu Sancto.

Ave Maria…

Ecce ancílla Dómini.

Fiat mihi secúndum verbum tuum.

Ave Maria…

Et Verbum caro factum est.

Et habitávit in nobis.

Ave Maria…

Ora pro nobis, sancta Dei génetrix.

Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.

Orémus.

Grátiam tuam, quǽsumus, Dómine,

méntibus nostris infunde;

ut qui, Ángelo nuntiánte, Christi Fílii tui incarnatiónem cognóvimus, per passiónem eius et crucem, ad resurrectiónis glóriam perducámur. Per eúndem Christum Dóminum nostrum.

Amen.

Gloria Patri… (ter)

Requiem aeternam…

Benedictio Apostolica seu Papalis

Dominus vobiscum.Et cum spiritu tuo.

Sit nomen Benedicat vos omnipotens Deus,

Pa ter, et Fi lius, et Spiritus Sanctus.

Amen.

Después de la oración mariana del Ángelus el Papa ha dicho:

¡Queridos hermanos y hermanas!

En estos días sigo con viva preocupación el desarrollo de la situación que se ha creado en Myanmar, país que, desde mi visita apostólica de 2017, llevo en el corazón con mucho afecto. En este momento tan delicado deseo asegurar nuevamente mi cercanía espiritual, mi oración y mi solidaridad al pueblo de Myanmar. Y rezo para que los que tienen responsabilidad en el país se pongan al servicio del bien común con sincera disponibilidad, promoviendo la justicia social y la estabilidad nacional, para una convivencia armoniosa. Rezamos por Myanmar. [momento de silencio]

Deseo dirigir un llamamiento a favor de los menores migrantes no acompañados. ¡Son muchos! Lamentablemente, entre aquellos que por varios motivos están obligados a dejar la propia patria, hay siempre decenas de niños y chicos solos, sin la familia y expuestos a muchos peligros. En estos días, me han informado de la dramática situación de los que se encuentran en la llamada “ruta balcánica”. Pero los hay en todas las “rutas”. Hagamos que a estas criaturas frágiles e indefensas no les falte el cuidado debido y los canales humanitarios preferenciales.

Hoy se celebra en Italia la Jornada por la Vida, sobre el tema “Libertad y vida”. Me uno a los obispos italianos al recordar que la libertad es el gran don que Dios nos ha dado para buscar y alcanzar el bien propio y de los otros, a partir del bien primario de la vida. Nuestra sociedad debe ser ayudada a sanar de todos los atentados a la vida, para que sea tutelada en todas sus fases. Y me permito añadir una preocupación mía: el invierno demográfico italiano. En Italia los nacimiento han disminuido y el futuro está en peligro. Tomemos esta preocupación y tratemos de hacer que este invierno demográfico termine y florezca una nueva primavera de niños y niñas.

Mañana, memoria litúrgica de Santa Josefina Bakhita, religiosa sudanesa que conoció las humillaciones y los sufrimientos de la esclavitud, se celebra la Jornada de oración y reflexión contra la trata de personas. Este año el objetivo es trabajar por una economía que no favorezca, ni siquiera indirectamente, estos tráficos innobles, es decir una economía que no haga nunca del hombre y de la mujer una mercancía, un objeto, sino siempre el fin. El servicio al hombre, a la mujer, pero no usarlos como mercancía. Pidamos a Santa Josefina Bakhita que nos ayude en esto.

Y dirijo mi cordial saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos: estoy contento de veros de nuevo reunidos en la plaza, también a los habituales, las monjas españolas aquí, que son buenas, siempre, ¡con la lluvia y con el solo están allí! También los chicos de la Inmaculada… Todos vosotros. Estoy contento. Os deseo a todos un buen domingo. Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

Francisco