Regina Coeli del 10 de mayo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de hoy (cf. Jn 14,1-12) escuchamos el comienzo del llamado “Discurso de despedida” de Jesús. Son las palabras que dirigió a los discípulos al final de la última cena, justo antes de enfrentarse a la Pasión.

En un momento tan dramático, Jesús comenzó diciendo: “No se turbe vuestro corazón” (v. 1). También nos lo dice a nosotros, en los dramas de la vida. ¿Pero cómo podemos asegurarnos de que nuestros corazones no se preocupen?

El Señor indica dos remedios para el malestar: El primero es: “Crean también en mí” (v. 1). Parecería un consejo un poco teórico y abstracto. En cambio, Jesús quiere decirnos algo preciso.

Él sabe… que, en la vida, la peor ansiedad, el malestar, lo que nos turba, viene de la sensación de no poder afrontar los problemas, de sentirse solos y sin puntos de referencia frente a lo que sucede. Esta ansiedad, en la que la dificultad se suma a la dificultad, no puede ser superada solos.

Necesitamos de la ayuda de Jesús, por eso Jesús nos pide que tengamos fe en Él, es decir, que no nos apoyemos en nosotros mismos, sino en Él. Porque la liberación de la angustia pasa por la confianza, confiarnos a Jesús y esta es la liberación de lo que nos turba, y Jesús ha resucitado y está vivo precisamente para estar siempre a nuestro lado.

Entonces podremos decirle: “Jesús, creo que has resucitado y estás a mi lado. Creo que me escuchas. Te traigo lo que me molesta lo que me turba, mis aflicciones: tengo fe en ti y me encomiendo a ti”.

Luego hay un segundo remedio para el malestar, que Jesús expresa con estas palabras: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas. […] Voy a prepararles un lugar” (v. 2). Esto es lo que hizo Jesús por nosotros: nos reservó un lugar en el Cielo.

Tomó sobre sí nuestra humanidad para llevarla más allá de la muerte, a un nuevo lugar, en el Cielo, para que donde Él esté nosotros también podamos estar allí. Es la certeza que nos consuela: hay un lugar reservado para todos. Hay también un puesto para mí, cada uno tiene su puesto allá.

No vivimos sin rumbo ni destino. Se nos espera, somos valiosos. Dios está enamorado de la belleza de sus hijos. Y para nosotros ha preparado el lugar más digno y hermoso: el Paraíso. No olvidemos: la morada que nos espera es el Paraíso. Aquí estamos de paso. Estamos hechos para el Cielo, para la vida eterna, para vivir para siempre.

Para siempre: es algo que ni siquiera podemos imaginar ahora. Pero es aún más hermoso pensar que esto será para siempre todo en alegría, en plena comunión con Dios y con los demás, sin más lágrimas, resentimientos, divisiones y malestar..

¿Pero cómo llegar al Paraíso? ¿Cuál es el camino? He aquí la frase decisiva de Jesús hoy: “Yo soy el camino” (v. 6). Para ascender al Cielo el camino es Jesús: es tener una relación viva con Él, imitarlo en el amor, seguir sus pasos. Cada uno de nosotros como cristianos nos podemos preguntar: “¿Qué camino sigo?”

Hay caminos que no conducen al Cielo: los caminos del poder, los caminos de la mundanidad, los caminos de la auto-afirmación, del egoísmo. Y está el camino de Jesús, el camino del amor humilde, de la oración, de la mansedumbre, de la confianza, del servicio a los demás.

No es el camino de mi protagonismo, es el camino de Jesús el protagonista de mi vida. Es seguir adelante cada día diciendo: “Jesús, ¿qué piensas de mi elección? ¿Qué harías en esta situación, con estas personas?” Nos hará bien preguntarle a Jesús, que es el camino, las indicaciones para ir al Paraíso. Que Nuestra Señora, Reina del Cielo, nos ayude a seguir a Jesús, que nos abrió el Cielo.

Oración del Regina Coeli:

V/. Reina del Cielo, alégrate; aleluya.

R/. Porque el que mereciste llevar en tu seno; aleluya.

V/. Resucitó según dijo; aleluya.

R/. Ruega por nosotros a Dios; aleluya;

V/. Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.

R/. Porque resucitó en verdad el Señor; aleluya.

Oración:

¡Oh, Dios!, que te dignaste alegrar al mundo por la Resurrección de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo: concédenos, te rogamos, que por la mediación de la Virgen María, su Madre, alcancemos los gozos de la vida eterna. Por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

El Papa se ha asomado a la ventana del Palacio Apostólico a bendecir al mundo

Después el Papa ha dicho:

Queridos hermanos y hermanas:

El Papa desde la ventana del Palacio Apostólico bendiciendo al mundo

Mis pensamientos hoy van a Europa y África. A Europa, con motivo del 70 aniversario de la Declaración de Schuman del 9 de mayo de 1950. Inspiró el proceso de integración europea, permitiendo la reconciliación de los pueblos del continente, después de la Segunda Guerra Mundial, y el largo período de estabilidad y paz que disfrutamos hoy. El espíritu de la Declaración de Schuman inspire a todos los que tienen responsabilidades dentro de la Unión Europea, llamados a enfrentar las consecuencias sociales y económicas causadas por la pandemia en un espíritu de armonía y colaboración.

Y mi mirada también va a África, porque el 10 de mayo de 1980, hace cuarenta años, durante su primera visita pastoral a ese continente, San Juan Pablo II dio voz al grito de las poblaciones del Sahel, severamente probado por la sequía. Hoy felicito a los jóvenes que trabajan en la iniciativa «Laudato Si’ Alberi «. El objetivo es plantar al menos un millón de árboles en la región del Sahel que pasarán a formar parte de la «Gran Muralla Verde de África». Espero que muchas personas puedan seguir el ejemplo de solidaridad de estos jóvenes.

Y hoy, en muchos países, se celebra el Día de la Madre. Quiero recordar a todas las madres con gratitud y afecto, confiándolas a la protección de María, nuestra Madre celestial. El pensamiento también se dirige a las madres que han pasado a la otra vida y nos acompañan desde el cielo. Hagamos un momento de silencio para todos recuerden a su madre.

Os deseo a todos un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.

Francisco