Regina Coeli del 26 de abril

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy, ambientado en el día de Pascua, narra el episodio de los dos discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Es una historia que comienza y termina “en camino”. De hecho, está el viaje de ida de los discípulos que, tristes por el epílogo de la historia de Jesús, dejan Jerusalén y vuelven a casa, a Emaús, caminando unos once kilómetros.

Es un viaje que tiene lugar durante el día, con una buena parte del trayecto cuesta abajo. Y está el viaje de regreso: otros once kilómetros, pero hechos al anochecer, con parte del camino cuesta arriba después de la fatiga del viaje de ida, y de todo el día. Dos viajes: uno fácil durante el día y el otro agotador por la noche. Y sin embargo, el primero se realiza en la tristeza y el segundo en la alegría.

En el primero está el Señor caminando a su lado, pero ellos no lo reconocen; en el segundo ya no lo ven, pero lo sienten cerca. En el primero están desanimados y sin esperanza; en el segundo corren para llevar la buena noticia del encuentro con Jesús Resucitado a los demás.

Los dos caminos diferentes de aquellos primeros discípulos de Jesús nos dicen hoy que en la vida tenemos ante nosotros dos direcciones opuestas”: está el camino de los que, como aquellos dos del principio a la ida, se dejan paralizar por las desilusiones de la vida y van adelante con tristeza, y está el camino de los que no se ponen a sí mismos y sus problemas en primer lugar, sino a Jesús que los visita, y a los hermanos que esperan su visita y esperan que nosotros cuidemos de ellos.

Este es el punto de inflexión: dejar de orbitar alrededor de uno mismo, a las decepciones del pasado, a los ideales no realizados, a tantas cosas feas que han pasado en la propia vida. Nosotros estamos acostumbrados a orbitar, orbitar, hay que dejar eso e ir adelante mirando la realidad más grande y verdadera de la vida: Jesús está vivo y me ama y yo puedo hacer algo por los demás. ¡Es una realidad bella, positiva, luminosa!

El cambio de marcha es este: pasar de los pensamientos sobre mi yo, a la realidad de mi Dios; pasar – con otro juego de palabras – de los “si” a “sí”. De los “si» a los «sí», ¿qué significa?: “si Él nos hubiera liberado, si Dios me hubiera escuchado, si la vida hubiera ido como yo quería, si tuviera esto y aquello…”. Como un lamento. Este «si» no ayuda, no es fructífero, no nos ayuda a nosotros ni a los demás.

Estos son nuestros «si», similares a los de los dos discípulos, quienes pasan, sin embargo, al sí: «Sí, el Señor está vivo, camina con nosotros. Sí, ahora, no mañana, nos ponemos en camino de nuevo para anunciarlo”. Sí, puedo hacer esto para que la gente sea más feliz, para que la gente mejore, para ayudar a mucha gente. Sí: sí, puedo. Del «si» al «sí», de la queja a la alegría y a la paz, porque cuando nos lamentamos, no estamos en la alegría; estamos en un gris, en ese aire gris de la tristeza. Y esto ni siquiera nos ayuda a crecer bien. De «si» a «sí», de la lamentación a la alegría del servicio.

Este cambio de ritmo, del yo a Dios, de si a sí, ¿cómo sucedió?. Les sucedió a los discípulos encontrando a Jesús: los dos de Emaús le abren primero su corazón, luego le escuchan explicar las Escrituras, y entonces lo invitan a casa.

Son tres pasos que también nosotros podemos cumplir en nuestras casas: primero, abrir el corazón a Jesús, confiarle las cargas, los cansancios, las desilusiones de la vida, confiarle los «si»; y después, el segundo paso, escuchar a Jesús, tomar el Evangelio en mano, leer hoy este pasaje, el capítulo veinticuatro del Evangelio de Lucas; tercero, rezarle a Jesús, con las mismas palabras que aquellos discípulos: «Señor, quédate con nosotros» (v. 29):  con todos nosotros, porque te necesitamos para encontrar el camino. Y sin Ti, hay noche.

Queridos hermanos y hermanas, en la vida siempre estamos en camino. Y nos convertimos en aquello hacia lo que vamos. Elijamos el camino de Dios, no el camino del yo; el camino del «sí», no el del «si». Descubriremos que no hay ningún imprevisto, no hay subida, no hay ninguna noche que no se pueda enfrentar con Jesús. Que Nuestra Señora, Madre del Camino, que al aceptar la Palabra hizo de toda su vida un «sí» a Dios, nos muestre el camino.

Oración del Regina Coeli: 

V/. Reina del Cielo, alégrate; aleluya.

R/. Porque el que mereciste llevar en tu seno; aleluya.

V/. Resucitó según dijo; aleluya.

R/. Ruega por nosotros a Dios; aleluya;

V/. Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.

R/. Porque resucitó en verdad el Señor; aleluya.

Oración:

¡Oh, Dios!, que te dignaste alegrar al mundo por la Resurrección de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo: concédenos, te rogamos, que por la mediación de la Virgen María, su Madre, alcancemos los gozos de la vida eterna. Por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

Después el Papa ha dicho:

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer se celebró el Día Mundial del Paludismo de las Naciones Unidas. Mientras estamos en la lucha contra la pandemia del coronavirus, también debemos continuar nuestros esfuerzos para prevenir y curar el paludismo, que amenaza a miles de millones de personas en muchos países. Estoy cerca de todos los enfermos, de los que los curan, y de los que trabajan para asegurar que cada persona tenga acceso a buenos servicios de salud básico.

También me gustaría saludar a todos los que hoy, en Polonia, participan en la «Lectura Nacional de la Sagrada Escritura». Lo he dicho muchas veces y me gustaría repetirlo, lo importante que es el hábito de leer el Evangelio, todos los días. Llevémoslo en el bolsillo. Que siempre esté cerca de nosotros y leer un poco cada día.

Dentro de unos días comenzará el mes de mayo, dedicado de manera especial a la Virgen María. Con una breve carta, publicada ayer, invité a todos los fieles durante este mes a rezar el santo Rosario, solos o en familia y rezar una de las dos oraciones que pongo a la disposición de todos. Nuestra Madre nos ayudará a afrontar con más fe y esperanza el tiempo de prueba de que estamos pasando.

Os deseo a todos un buen mes de mayo y un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.

Francisco